Las horas
Las horas son el viento del espacio. Lo rasgan, lo cubren, lo llenan de cárcavas irremediables; ponen en su corazón un torrente de granos de carcoma.
Las horas son un chorro de ira, una ampolla de incendios. Nos llenan de cadáveres vivientes, nos asesinan desde adentro de nosotros mismos.
La transparencia que vemos (o no vemos) es la repetida fulgurancia de las horas y su vertiginoso movimiento: una caída atroz de la navaja, la desnudez del vacío, el vidrio de los sueños, la velocidad de la arena erosionada, la fosforescencia del parpadeo, el cuerpo del abismo, la estela de un sol errante, el descenso infinito de una gota.
Las horas tajan en dos el velo de la perpetuidad, muestran el alma sin ropajes, cortan la realidad en partes irreales, hacen del mundo una inmensa playa de cenizas.
Cada hora es un guerrero victorioso. Su escudo se hincha de luz, su lanza nos traspasa, su vaho mortal hiere la carne, aja el odre rojo de la sangre, dispersa el polvo de los huesos, nos otorga el favor de su encono y, finalmente, nos da la brasa de su abrazo, una y otra vez, tan tierna e implacablemente.
Samuel Trigueros
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